
Hace ahora 100 años que el mundo del arte vivió el cambio más importante de los últimos siglos. Los enormes y abotargados cimientos del arte naturalista se venían abajo para ser testigos de cómo florecían las vanguardias, el surrealismo (y su radical fusión con la etnología), el dadaísmo ( cómo estar en contra hasta de estar en contra), el expresionismo (inaugurado por un terrorífico Munch), el cubismo (y su disociación del objeto) y el arte puramente abstracto. Al objeto lo habían ajusticiado y miles de mentes jóvenes con ansias de universalidad artística recibían un soplo de aire fresco. Kandinsky sentó bases teóricas, Man Ray besó a todas las musas, Kafka nos regaló su alma, Schönberg redefinió los límites del único arte que ya tenía un largo camino recorrido emancipado del objeto del mundo: la música, y millones de artistas anónimos hicieron que aquello no se olvidara. Europa dudaba y se ilusionaba a partes iguales, nuevos horizontes por descubrir y un cosquilleo en el estómago como figura del momento.
El objeto no estaba muerto, sólo herido, Lord Chandos se perdía en los pliegues del siglo, Walter Benjamín se tuvo que suicidar, y el arte en la época de la reproductividad técnica engulló e institucionalizó aquellas vanguardias, el arte llegó a las masas, Chagall pensó que no hablaban de él y Dalí besó un billete de 100 dólares.
Tras la 2ª Gran Guerra ya nadie se acordaba de Kokoschka o de Schiller, de los pioneros, neorrealismo era a lo que olían las calles. El desencanto que emanaba la Ilustración (la futilidad de la razón para lograr el bien fue puesta de relieve por los nacionalsocialistas) hizo que fuese más difícil el renacer, justo cuando la promesa de utopías electrónicas compensaba la amenaza nuclear en el cerebro de H. R. Giger ( un Norman Rockwell de la fusión futurista entre cuerpo y máquina ) y la ecología hippie daba forma al pensamiento de Hundertwasser, a ambos se impuso la institucionalizada industria Pop, Warhol engrandeció el papel del objeto (pero no se alejaba tanto de Kandinsky, ya que pretendía ir más allá, que el objeto trascendiese).
Yo nací después, miré atrás y rompí a llorar, para limpiar los conductos respiratorios, dicen. Entonces el espectro artístico estaba asimilando formas como el cómic y el video-arte. Todas estas idas y venidas, un sinfín de ilusiones encerradas en cajones y de sueños hechos lienzo, el espacio en Mondrian o en Chillida, la angustia en Basquiat y en Witkin, el salto al vacío de Klein y de Gaudí, el paso del tiempo en Antonio López y en Jim Jarmusch, miles y millones de ideas, que nos alimentan a nosotros como ya lo hizo 100 años atrás, una estructura cíclica que nos susurra cada vez que queremos sumergirnos en lo que de inmaterial tiene el arte.